© 2016 Saúl Díaz Reales

 

ESTRELLAS FUGACES

 

La conocí en primavera, justo el día que se abrieron todas las flores en una coreografía de pétalos infinitamente hermosa. En el cielo, aún se distinguía la luna de la noche anterior, y la única nube que nos daba sombra tenía forma de corazón. El aroma del jazmín tenía los colores del arco iris y la música de Triana. Y allí estábamos los dos, testigos de ese momento único. Con los ojos cerrados respirábamos hondo y, en mi mente, el olor a primavera lo inundaba todo. Al abrir los ojos la vi, como una aparición, como mi destino mirándome a la cara.

 

Al principio pensé que no habíamos coincidido nunca antes, pero un momento más tarde me di cuenta de que había compartido muchas vidas con ella. Sus ojos los veía todas las noches claras en la constelación de sagitario; su cara en los pétalos de todas las margaritas que deshojé; su cuerpo siempre se mecía melancólicamente en las olas de la playa. Cuando me dijo su nombre, de su boca salieron tres mariposas blancas que tras revolotear un rato a nuestro lado, partieron con su vuelo caprichoso, decididas, hacia el horizonte. El eco repetía su nombre para grabarlo en mi memoria. Se llamaba María.

 

Empezamos a caminar juntos y al doblar la esquina nos cogimos de la mano. En ese momento se paró el tiempo, y pasamos varias eternidades mirándonos a los ojos. Cuando no nos quedaron más secretos, dejamos nuestros nombres escritos en un corazón de tiza y decidimos dejar que el tiempo siguiera avanzando.

 

El primer segundo de esta nueva era nos transportó a un campo de amapolas por el que corríamos junto a una manada de caballos alados. La pena, que corría detrás de nosotros en forma de niebla densa, se quedaba rezagada y sin aliento. En frente de nosotros el horizonte, coronado por un arco iris de flores pobladas de hadas del país de Nunca Jamás. Contaba la leyenda que la felicidad se encontraba un poquito más acá de donde alcanzaba la vista.

 

María y yo pestañeamos al mismo tiempo. Al abrir los ojos, nos encontramos en una habitación de luz tenue donde desnudos, empezamos a acariciarnos. De nuestro tacto se desprendían chispas azuladas que lentamente se esparcían por el aire hasta transformarse en estrellas fugaces que, por un ventanal, escapaban hacia la noche. Nos besamos y una estrella se desprendió del firmamento para caer a nuestro lado. La cogí en mis manos y se la regalé a María.

 

Nos desvanecimos en una nube de ternura y juntos viajamos por millones de galaxias a muchos años luz. El universo se iluminaba a nuestro paso de puro amor radiante. Y ese amor iba creando vida.

Cuando encontramos la puerta hacia otra dimensión, nos volvimos a materializar para seguir nuestro viaje hacia el infinito.

CARMEN

 

Después de una etapa depresiva, de esas que no se sabe si es mejor borrar del pensamiento o recordar para aprender de ella, volvía a brillar el sol, aunque sólo fuera un poquito, por mi balcón cada mañana. Ese sol se llamaba Carmen.

 

Carmen era cinco años mayor que yo, y yo acababa de cumplir los dieciséis. Tenía los ojos grandes e intensos, como de dibujos animados japoneses; los labios gruesos con textura de nube de azúcar; la voz dulce y cautivadora. Su olor favorito era el del café molido. Sus momentos mágicos eran los atardeceres en el mar. Su flor preferida, la margarita. Carmen fue el trailer de la película de lo que me esperaba a la vuelta la esquina. Carmen fue mi viaje en el tiempo hacia el futuro.

 

Le apasionaba la vida: todo estaba bien, y siempre había una esperanza. Socialmente, era una amazona en un planeta de hombres. Me hablaba de sus aventurillas de amor, sexo, o combinación de ambos, mientras tomábamos una copa en algún bar de esos a los que me llevaba. Me contaba secretos de mujer, me hablaba de códigos de comunicación corporal y también de espacios personales. Carmen creía que el destino estaba escrito a lápiz, y que teníamos la capacidad de cambiarlo según como afrontáramos la vida. Yo escuchaba con la fascinación que da la falta de experiencia.

Era la primera vez que me relacionaba con alguien que no tenía dieci-algo, sino veinti-pocos años; eran mis primeras conversaciones de adulto cuando aún era un adolescente; fueron mis primeros puntos de vista aprendidos desde la distancia de los años no vividos aún. Carmen también fue mi profesora en los temas de la cama y del placer. Con ella todo era un juego.

 

Me enseñó que para vivir había que quererse a uno mismo, para así poder querer a los demás. Se cuidaba mucho porque se quería aún más. Se vestía con un buen gusto y un esmero admirables, cuidando todos los detalles para, como tantas veces solía decir, “adornar por donde pasara”. Le gustaba que la miraran. Decía que sería muy triste morir sin que nadie se hubiera dado cuenta de que ella había existido. Sonreía y se sentía feliz cuando veía a otras personas sintiéndose fabulosas por la calle. Sus favoritos eran los que iban caminando solos, y perdidos en sus pensamientos, esbozaban sonrisas. Me quedó muy claro desde el principio que a ella le importaba poco la opinión ajena, y que no se esforzaba por superar a otros, simplemente se dedicaba a conocerse para cultivar sus cualidades y hacerse mejor persona.

 

Carmen era de las que paraba el coche y recogía ancianitas con bolsas de la compra para llevarlas a su casa; cuando se cruzaba con alguien que necesitaba ayuda, como un señor en una silla de ruedas bajo la lluvia, o algún desafortunado empujando su coche averiado, no dudaba en bajarse a echar una mano. A cambio solo les pedía que ellos hicieran lo mismo: que aprovecharan cualquier oportunidad para ayudar al que lo necesitara.  Carmen era el mejor amigo que se podía tener.

Decía que para cambiar el mundo, primero había que cambiar a las personas. Sostenía que vivir como un buen samaritano era parte de una ilusión, de un plan a largo plazo, de un efecto dominó que se iba expandiendo por el mundo. Su forma de discutir y ver las cosas siempre tenía dos puntos de vista: el suyo y el de la otra parte. Siempre se ponía en la piel de los demás y así, según ella, comprendía mejor a la gente. Tenía respuestas para muchas cosas sobre las que había pensado pacientemente hasta llegar a una postura. Para muchas otras, sólo tenía posibilidades. Y sobre algunos asuntos simplemente no opinaba al no haber podido llegar a una conclusión o respuesta lógica. Decía que eso era lo más sensato. Soñaba con un mundo mejor, y se comportaba como una persona que viviera en ese mundo mejor. Su cita preferida era de Jimi Hendrix: “Cuando el poder del amor derrote al amor al poder, el mundo encontrará la paz”.